¿Qué tienen las noches del desierto
que despiertan al espíritu dakariano?
Quizá sea esa bóveda infinita de estrellas,
silenciosa y antigua,
que cobija una aventura que no entiende de límites.
La arena susurra cuando el viento la alza
y la hace danzar sobre las dunas,
olas doradas que juegan a ser mar.
Oro hecho polvo, luz fragmentada,
que atrapa al viajero, al aventurero,
al romántico que aún cree en lo imposible.


