Hay
personas con las que hablar cuatro horas seguidas, sin pausa, sin parar, es un
placer solo reservado a los sibaritas de las historias del motociclismo. Néstor
Caballero Pirez puede que no les diga mucho, pero, si detallamos su antecedente
motorístico, como mecánico y apasionado de las motos, podemos interpretar que
estamos ante un grande del conocimiento y de la evolución de las grandes
marcas. Aunque quizás su broche de oro pudiera estar en haber sido privilegiado
alumno de Juan Artigas Rosich y, posteriormente, mentor de nuevos
profesionales.
Su
naturaleza sencilla y humilde no hizo valer el pasaporte que, en su momento,
pudiera haberle dado su padre, don Rafael Caballero, comercial de José Juan Abou,
quien recibió la solicitud de encontrar un mecánico de Ducati para el
desarrollo de la nueva marca en Canarias. Así llegó Juan Artigas desde Mototran
Barcelona, para impulsar la expansión de Ducati en las islas, como complemento
de las motocicletas dentro del amplio abanico de automóviles que representaban.
Esas casualidades y conexiones del destino llevaron primero a Néstor a foguearse en el aprendizaje del oficio. Se inició en el taller de Manolo el Chirringa, en Salto del Negro, tomando soltura en lo que siempre había sido su sueño: las motos. Más tarde, por esas extrañas casualidades de la vida, acabó como aprendiz en el taller de Juan Artigas. Allí comenzó su verdadera formación y su particular filosofía para entender las motocicletas y sus entresijos mecánicos.
«Juan
Artigas —historia aparte— era un sibarita de la mecánica. Siempre fue un gran
mentor en mi evolución y trató de mostrarme el camino para entender la moto y
sus secretos mecánicos. Él atendía a los clientes y nos daba instrucciones
concisas para realizar el diagnóstico: “Cambia esto y esto…”, directamente. Y
añadía, cuando podía haber algún error: “Esto, desmóntalo así…”. Con la misma
sequedad se olvidaba de las clases y permitía que fueran tu iniciativa y tu
curiosidad las que te llevaran al aprendizaje».
Allí,
durante cuatro largos años, tuvo tiempo de entender, mediante el ensayo y el
error, los argumentos y enseñanzas de su maestro.
Cuando
Artigas se enteró, por casualidad, de que el padre de Néstor practicaba trial
con una Cota 247, comentó que tenía que conocerlo, porque él mismo había
inventado, adaptado y competido con una Ducati 200 Élite en los inicios del
trial en Gran Canaria. Era una creación única, construida gracias a su pericia
y a su particular manera de entender la mecánica.
Después
de saber que su padre había sido la primera persona que lo recibió cuando llegó
a Gran Canaria, se llevó una gran alegría. Aquello reforzó la intuición, el
entendimiento y los conocimientos que Néstor demostraba día a día en el
desarrollo de la marca.
Su
primer flechazo fue la Pantah 500. Visitaba la tienda de Peraza todas las
semanas, embobado ante aquella motocicleta, soñando con una posible compra.
Allí estaba expuesta, prácticamente descatalogada. Su profundo amor por las
historias que había aprendido del maestro lo llevó en volandas a tomar una
decisión que cambiaría su vida: entregarse a la pasión por Ducati.
Así
fue como retomó las lecciones para amar y comprender una mecánica desmodrónico
compleja.
Se
independizó profesionalmente de Artigas e inició un nuevo rumbo. Consiguió un
contrato con Gubra como jefe de taller de Harley-Davidson. El cambio de
conceptos lo definiría años después en uno de sus análisis:
«Ducati,
carrera corta y competición; Harley, carrera larga y Custom de paseo».
Dos
mundos, dos conceptos y dos pasiones, sin dejar nunca de formarse en nuevas
técnicas de ajuste, herramientas y control de los patrones específicos de cada
marca.
Lleva
cerca de cuarenta años conservando la esencia de su aprendizaje y ampliando
activamente sus conocimientos. Néstor tiene una norma en el taller de Gubra que
ha inculcado a sus mecánicos:
«El
cliente tiene que sentir que su moto ha pasado por el taller. Debe notar una
revitalización en su puesta a punto. El propietario tiene que ser capaz de
percibirla».
Propietario
satisfecho, cliente feliz…
En
el mundo de Harley-Davidson, Triumph y Ducati es toda una eminencia de la
mecánica, y sigue alimentando los principios que caracterizan a los grandes
profesionales del sector.
Son
aquellos pequeños detalles que aprendió con Artigas. La moto tiene que estar
afinada como un instrumento que interpreta melodías armoniosas.
«El
maestro decía que de poco valía una buena puesta a punto si luego los cojinetes
de las ruedas frenaban el libre avance de los giros».
Todo
sumaba: el peso, los ajustes, la funcionalidad y la fusión del piloto con la
máquina.
Estos
detalles lo llevaron también a competir en algunos campeonatos. La observación
de los estilos de pilotaje y de la sincronización entre el piloto y la máquina
en el circuito le proporcionaba esos pequeños extras que terminaban mejorando
los tiempos finales.
Por
ello, la lectura de su carrera profesional quedó ampliamente marcada por las
enseñanzas del mejor sibarita de Ducati en Canarias. Nunca se desconectó de
aquellos conocimientos y mantuvo con Artigas excelentes debates, intercambios
de ideas y una curiosidad continua por seguir descubriendo los secretos de las
motos.
Juan
Artigas fue un artesano de las motocicletas, un mago de la mecánica. Era capaz
de buscar la armonía en sus trabajos, una excelencia que lo hacía especial en
sus diagnósticos, aunque a veces fuera distante en el trato con los clientes.
Cuando
su hijo Marcos competía, conseguía que su moto fuera la más rápida de los
circuitos. Aquellas máquinas se sometían a infinidad de reclamaciones, que
terminaban siendo desestimadas porque nadie conseguía descubrir de dónde sacaba
Artigas la quintaesencia de la mecánica.
Néstor,
junto a su grupo de amigos más cercano —José Gallardo, el Chela, Wylli y
Alberto—, fundó el Motoclub Manillar para apoyar a sus chiquillos: a Jorgito en
las motos y a Rafa en el karting. De aquella amistad continuó el proyecto, que
sigue siendo el punto de encuentro del equipo y de sus pasiones por el
motociclismo.
Néstor
continúa fiel a sus instintos y a su nobleza. Es un mecánico metódico que ahora
se motiva construyendo motos exclusivas y realizando transformaciones con el
sello de su experiencia.
En
Gubra ha dejado su huella con excelentes trabajos de personalización de
máquinas. Sueña con un futuro inmediato en el que pueda compartir su pasión con
su hijo Lucas, salir a rodar por el campo con sus motos y desarrollar su
creatividad en el local de sus sueños: un pequeño taller artesanal donde
compartir sus experiencias y su amistad con los allegados más fieles.
Disfrutar
de la pasión que lo ha mantenido vivo.
Las
motos y el motociclismo.
Grande,
amigo Néstor.


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