Cada vez estoy más convencido de que alimentar esta pasión por las motos es también una manera de ir enhebrando pequeños acertijos de nuestra propia historia. Una máquina lleva a una carretera, la carretera a un pueblo y el pueblo termina llevándonos hasta alguna persona que estuvo allí cuando todo aquello comenzaba.
Y
casi siempre acabamos junto a nuestros mayores.
A
esas Viejas Glorias auténticas que recorrieron los caminos cuando viajar era
todavía una aventura, conocieron las primeras carreteras, desmontaron motores
con herramientas elementales y descubrieron la isla cuando buena parte de ella
parecía encontrarse mucho más lejos de lo que hoy indican los kilómetros.
Otro
domingo más me siento a charlar con mi tío Domingo Fleitas.
Y
vuelvo a pensar cuánto nos empeñamos ahora en buscar respuestas en libros,
teléfonos o vídeos de TikTok para terminar empachados de imágenes que muchas
veces van directamente a la papelera cerebral. En cambio, cuatro conversaciones
con una persona que ha vivido casi noventa años pueden enseñarnos más sobre la
movilidad, las costumbres y la sociedad canaria que muchas horas de consultas
apresuradas.
Será
porque sus historias han pasado ya por tres buenos filtros: la existencia, la
experiencia y la madurez.
Y
eso, como ocurre con el buen vino, termina dejando una pátina imposible de
fabricar.
Domingo
conserva una memoria excelente y una curiosidad que no ha perdido con los años.
Le interesa la historia y disfruta contándola, especialmente cuando descubre
que uno también tiene ganas de escuchar.
Fue mecánico de los de antes. De algodón, grasa y mono azul.
Empezó
como aprendiz en aquellos viejos talleres de Telde, cuando para aprender un
oficio había que mirar mucho, preguntar lo justo y ensuciarse las manos desde
el primer día. La tradición familiar sitúa además a nuestros Fleitas muchos
siglos atrás, llegados desde Portugal, quizá de la mano de algún marino que
terminó arribando a estas ínsulas y decidió quedarse. Historias familiares
transmitidas de generación en generación y que también forman parte de ese
equipaje invisible que uno recibe sin darse cuenta.
Domingo
puede saltar en la conversación desde un motor hasta los antiguos faroleros de
Telde.
Los
recuerda cuando, al caer la tardecita, recorrían las calles encendiendo
manualmente aquellos faroles de mecha y petróleo, mientras la electricidad
comenzaba todavía tímidamente a entrar en algunas casas.
También
recuerda algo que me sorprendió especialmente.
En
la plaza de San Gregorio aparecía el muchacho de los mandados.
Era
una especie de WhatsApp humano de la época.
Uno
lo buscaba, le daba unas perras chicas y le encargaba llevar un aviso, buscar
alguna cosa o transmitir una noticia a otra parte de la ciudad. El muchacho
salía corriendo y pasaba buena parte de la jornada de un lado para otro
llevando mensajes.
Mensajería
instantánea, sí. Pero a golpe de alpargata.
Escuchándolo
comprendo cuánto ha cambiado el mundo en menos de una vida.
Y
entonces aparecen las motos.
A
finales de los cincuenta Domingo compró una Montesa Brío 81 en Viuda de Peñate.
Para aquellos años era una máquina extraordinaria. Tener una moto significaba
mucho más que disponer de un vehículo: era conquistar independencia, ampliar
las fronteras conocidas y descubrir que detrás del siguiente pueblo podía existir
todavía otro mundo.
Con
ella fue soltando aquel joven curioso y responsable que llevaba dentro.
Años
después, recién casado con mi tía Rosa —yo había nacido apenas un mes antes de
aquel casorio—, un domingo decidió invitarla a una de aquellas excursiones que
hoy recorremos sin concederles demasiada importancia.
La
aventura era bajar al Sur.
Salieron
desde Telde por la carretera vieja. El Goro, la Banda del Carrizal, Los Vélez,
el cruce de Sardina, Vecindario, Casa Pastores...
Hoy
pronunciamos esos nombres y pensamos en carreteras llenas de tráfico,
urbanizaciones, comercios y ciudades prácticamente unidas unas con otras.
Entonces
era otro mundo.
Domingo
recuerda haber recorrido aquellas carreteras sin encontrar prácticamente un
coche, ni de frente ni en su mismo sentido. Kilómetros enteros en los que
solamente estaban ellos, la Montesa y un paisaje que se abría hacia el Sur.
Para
Rosa, además, aquello tenía algo de expedición.
A
ambos lados aparecían extensiones de tierra castigadas por el viento y el
polvo, grandes plantaciones de tomates que ocupaban las vegas y subían por las
laderas bajas, algunas casas dispersas y humildes construcciones que parecían
surgir como pequeños espejismos entre tanta soledad.
A
medida que avanzaban, mi tía comenzaba a inquietarse.
Aquello
estaba demasiado lejos de casa.
Demasiado
vacío, demasiado desconocido.
Y
en algún momento acababa apareciendo la frase:
—Domingo,
vamos para casa.
Él
todavía sonríe cuando lo recuerda.
Lo
que hoy sería un paseo de domingo representaba entonces adentrarse en un
territorio desconocido. Las distancias no se medían solamente en kilómetros,
sino en lo que uno conocía del mundo.
Quizá
por eso aquellas pequeñas escapadas quedaron grabadas con tanta intensidad.
No
hacían falta hoteles, reservas, GPS ni grandes preparativos. Un poco de
gasolina, algo para comer, la moto, la carretera y las ganas de descubrir qué
había después de la siguiente curva.
Con
los años llegaron otras máquinas y otras historias.
Domingo
conserva hoy su Montesa Impala, restaurada por sus propias manos. Descansa
junto a un viejo Riley y entre ambos forman una pequeña cápsula de su juventud.
Coche y moto son mucho más que dos vehículos antiguos: son objetos capaces de
devolverle lugares, personas y momentos que solamente existen ya en la memoria.
Cuando
los mira seguramente no ve únicamente hierro. Ve una época.
Y
eso es precisamente lo que más me interesa de estas conversaciones.
Tenemos
cierta obsesión por conservar las máquinas y muchas veces olvidamos que la
verdadera historia está dentro de las personas que las condujeron.
Por
eso sigo buscando estos ratos con nuestros mayores.
Porque
Domingo no necesita abrir ningún libro para contarme cómo era la carretera del
Sur, cómo se iluminaban las calles de Telde o cuánto podía significar una
motocicleta para un muchacho de aquella generación.
Él
estuvo allí. Lo vio. Lo vivió.
Y
mientras sigamos sentándonos a escucharlo, aquellas historias continuarán
circulando.
Como
aquella Montesa, con Domingo delante, Rosa detrás y toda una Gran Canaria
todavía por descubrir.
Grandes
momentos, tío



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