Telde tiene en su haber un gran inventario de motoristas. De hecho, sorprendentemente, en los registros de Tráfico saltó hace pocos años la noticia de que era uno de los municipios de España con más motos registradas en los censos de la jefatura de entonces.
En el movimiento laboral de antaño, la primera necesidad era el transporte para acudir a los curros, y la moto fue la solución inmediata y viable para toda aquella revolución industrial y social que se estaba fraguando. Esta explicación viene a cuento porque, allá donde abundan los motoristas, suceden historias. Y nuestra magua es no poder descubrirlas a la velocidad que nos gustaría. Por ello invertimos imaginación narrativa y crónica de tiempos pasados.
Anastasio Guerra compró una Montesa Brío 81 a mediados de los años sesenta. Era el rey de la carretera y de La Peña. A buen seguro, las tertulias y las salidas giraban en torno a las bondades de aquella máquina, adquirida en Viuda de Peñate, en la capital.
Debemos recordar que la Brío 81 tenía una particularidad y notoriedad manifiesta: lucía dos salidas de escape ancladas a un mismo cilindro. Aquel ingenio le daba una potencia y elasticidad de motor que la hacía noble de comportamiento y muy deseada por la juventud.
Su salida al mercado, en el año 1958, causó gran sensación y una destacada demanda. Mi tío Domingo Fleitas compró una de aquellas joyas de entonces y aún la conserva, después de sesenta años, en su garaje.
—Yo recuerdo bajar por la casa de Los Lagartos, por El Palmital, yendo temprano a trabajar a Telde. Iba recogiendo gente por la carretera. Iba con dos pasajeros y, si veía a otro caminante, paraba, me echaba hacia delante en el sillón y le decía: “Súbase por ahí, que llegamos todos”.
Y hasta cuatro jóvenes llegaron a ir una vez en la moto, aunque tres pasajeros era lo mínimo.
Volviendo a las vicisitudes de Anastasio, en mala hora le robaron su moto en la puerta de la casa, de noche. Él trabajaba con Miguel León y bajaban todos los días a Tirajana y a los pagos del sur, en pleno nacimiento del turismo, con la rasquera de no saber nunca dónde fue a parar la moto.
A los pocos días, vio de lejos una moto aparcada en una zona deshabitada de aquellos barrancos sureños y le comentó a Miguel:
—Coño… ¿a ver si va a ser la moto que me robaron la semana pasada?
Miguel, más absorto en sus problemas laborales que en la moto, le quitó importancia:
—¿Cómo va a estar tu moto aquí abajo, en el sur, si te la robaron en Telde? Eso será de algún ranchero o pocero que anda por ahí.
Y pasaron dos días más viendo la moto aparcada en el mismo lugar, siempre comentando la duda. Entonces la curiosidad y el deseo acabaron por intimidar a Miguel, que tomó el desvío para verificar la certeza.
Y efectivamente. Era la moto de Anastasio.
Después de robarla, la habían dejado abandonada en aquellos andurriales, quizá por miedo a las represalias. Y es que, en los tiempos de antes, no se robaban las motos para revenderlas por piezas desguazadas. La mayoría de los hurtos eran por necesidad de moverse o por la maldad del intento, pero no había terceras intenciones, ya que el brazo de la ley era muy duro.
Entonces, después de usarla durante algunas horas, la dejaban abandonada como acto de arrepentimiento.













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