El periodo comprendido entre los años cuarenta y sesenta produjo en la sociedad industrial un fenómeno decisivo: la movilidad sobre dos ruedas. La motocicleta era un elemento seductor, práctico, relativamente económico y muy eficaz. Permitía avanzar a otro ritmo y ofrecía a la sociedad una primera gran conquista: el ahorro de tiempo.
La
moto, convertida en símbolo de aquella revolución, comenzó a ganar adeptos
entre los trabajadores de las fábricas, en las ciudades administrativas y de
servicios, y también en el paisaje rural, donde se utilizó como medio de
transporte familiar. Se estaba produciendo el tránsito entre los últimos
arrieros, dependientes todavía de la fuerza animal, y los primeros motoristas
impulsados por la mecánica. Tal vez por ello, en muchas familias llegó antes la
motocicleta que el automóvil.
Esta
corriente modernizadora e industrial encajaba perfectamente con una sociedad en
plena evolución. Las fábricas impusieron un creciente ritmo de producción de
motocicletas de pequeña y mediana cilindrada, creadas por marcas que trabajaban
de manera casi artesanal, pero con una ingeniería imaginativa y sorprendente.
En
aquella España que comenzaba a despertar industrialmente, la necesidad urgente
de disponer de medios de transporte favorecía los intercambios comerciales y
contribuía a generar una nueva economía de mercado.
Nuestra
infancia, vivida entre los años cincuenta y setenta, estuvo marcada por la
curiosidad y la observación de cuanto ocurría a nuestro alrededor. También
conocimos las tímidas escenografías de los primeros estudios fotográficos, con
sus característicos pedestales que imitaban vehículos y motocicletas. En una de
aquellas imágenes aparece nuestra amiga Pino Rosa, posando para la posteridad
en el año 1951.
Fueron
aquellos años en los que soñábamos con ser gladiadores del asfalto. Con cañas,
maderas y caballetes imitábamos la postura más pura del pilotaje. En una de las
fotografías aparece nuestro amigo Marce, durante los años sesenta, montado en
uno de aquellos tiovivos de la capital.
De
aquellas experiencias infantiles surgieron grandes motoristas y excepcionales
pilotos. Ninguno de ellos podía imaginar que sus genes motociclistas, o sus
primeras nociones básicas sobre las dos ruedas, habían aparecido mucho antes de
contemplar una carrera en televisión: quizá al cruzar la calle de la mano de
sus padres o durante la feliz visita a una feria de pueblo, donde un sencillo
tiovivo regalaba las primeras ilusiones.
La
motocicleta, como elemento social, fortaleció las relaciones familiares y las
amistades. Acercó a las personas y respondió a una necesidad vital de
transporte. Fue una gran precursora de la libertad y un poderoso refuerzo de la
autonomía personal.
Mi
abuela Benita jamás habría pensado en subirse a la motocicleta familiar. Sin
embargo, las trágicas circunstancias provocadas por la muerte prematura de mi
padre la obligaron a realizar su primer viaje en moto por una necesidad
imperiosa.
Le
dijo a Miguel Ramírez, mi abuelo:
—Prepara
la Francis-Barnett, «La Paquita», que vamos a atender a la familia.
Y
así fue como se subió por primera vez a una motocicleta. Viajó sentada de lado,
recorriendo kilómetros de pistas rurales de tierra antes de llegar a Telde.
Siempre
pensé que aquel día mi abuelo vivió una profunda contradicción. A pesar de la
tristeza, las circunstancias le habían concedido una pequeña e inesperada
alegría: la única oportunidad de pasear a la abuela en su motocicleta.
Quizá
por ello, y sin que apenas fuéramos conscientes, las motos reinaron en nuestra
infancia como verdaderos miembros de la familia. Eran máquinas que contagiaban
su magia en silencio y cuyo poder de conexión fue abriendo el camino de las
ilusiones para las juventudes de distintas épocas.
Llegaron
por necesidad, por trabajo, para aliviar las cargas familiares y, más adelante,
por el simple placer de conducirlas. Aunque ese disfrute pleno tardaría todavía
algunos años en consolidarse, hasta alcanzar el umbral del cambio de siglo.



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