martes, marzo 03, 2026

LUBE: la moto que fue orgullo, rivalidad y memoria

 



Manuel Esteban, Teofílo Cabrera, Mick Andrews, Pepe Moreno, Jose Angel Mendivil y Feli Sant

Historia de una marca española que nació de unas iniciales y terminó convertida en leyenda.

Luis Bejerano fundó una preciosa marca con sus propias iniciales: LUBE. Junto a Montesa, dio un impulso decisivo al despegue nacional de la fabricación motociclista en una España que necesitaba industria, ilusión y futuro. Eran años de convergencias, de esfuerzo compartido… y también de rivalidades encendidas.

En aquel ecosistema competitivo aparecían las maledicencias, casi como una tradición popular. Parecía que el lema era “¡sálvese quien pueda!”. A SEAT la llamaban “Siempre estarás apretando tornillos”; a los furgones ingleses BMC, “Bonita mierda compraste”. Y en el mundo de las motos la imaginación era todavía más afilada:

“Cómprate una Montesa y verás lo que pesa”,

“Cómprate una Bultaco y llenarás de pistones un saco” …

Y a nuestra querida LUBE, los enemigos la bautizaron como “La última birria española”.

Pero aquella sabiduría popular, tan directa y tan nuestra, tenía algo entrañable. Más que desprestigiar, humanizaba. Porque todas aquellas marcas eran, en el fondo, parte del mismo orgullo colectivo: demostrar que en España también sabíamos fabricar, competir y soñar sobre dos ruedas.

El hombre detrás del nombre

Luis Bejerano Murga nació en el País Vasco en 1900. Ingeniero y piloto, pasó casi treinta años trabajando en la fábrica Douglas de Bristol, en el Reino Unido. Allí aprendió disciplina industrial, precisión mecánica y una visión moderna de la motocicleta.

Cuando regresó, no volvió con nostalgia, sino con un proyecto. En 1947 fundó en Lutxana (Barakaldo) Lube-NSU. LUBE no era solo una marca: era LUis BEjerano. Era su firma, su compromiso personal.

En plena posguerra, levantar una fábrica de motocicletas era casi un acto de fe. Sus modelos —como la A-99 o la Renn 150— demostraron que aquí se podía fabricar con calidad, carácter y ambición deportiva. Porque Bejerano entendía que las motos no solo se diseñan en planos: se prueban en la carretera y se legitiman en los circuitos.

Por eso LUBE también apadrinó a pilotos. Entre ellos, una promesa que apuntaba a lo más alto: Santiago Herrero, que tenía madera de campeón del mundo. Bejerano supo ver en los jóvenes el futuro que él mismo había ayudado a construir.

Tras veinte años de producción, la fábrica cerró golpeada por las dificultades financieras y la fuerte competencia exterior. Pero hay algo que no cerró nunca: el respeto.

Una LUBE en Inglaterra

A comienzos del nuevo siglo, paseando por la feria Clasicc Bike de Stafford, vi una larga cola frente a un stand. Algo extraordinario debía haber allí. Cuando por fin conseguí acercarme, lo entendí todo: una LUBE Renn TR 150 Le Mans, plateada y negra, relucía como reina del salón. Tenía embobados a los ingleses.

En la cuna de la industria británica, una moto española despertaba admiración. Aquella escena fue más que una anécdota: fue una reivindicación silenciosa.

Ese día me propuse conocer al hombre que había hecho posible aquella maravilla. A don Luis Bejerano.

Y casi lo consigo.

Dos años después lo invité a compartir el evento Viejas Glorias. Se había retirado a vivir su senectud en la isla de Fuerteventura. Pero llegué tarde. Falleció ese mismo año sin que pudiera conocerlo en vida.

Me quedó la espina.

Quizá por eso seguí buscando su rastro. Contacté con Manuel Esteban “Hojalatas” primer campeón de España de velocidad en 1963, que había ganado rotundamente con LUBE. Su presencia en el evento fue una forma de acercarme, aunque fuera indirectamente, al espíritu de Bejerano.

Mi amigo Asier, el creativo de nuestro encuentro, me contó entonces que en casa de sus padres, en Bilbao, conservaban Pins y recuerdos de LUBE. Su padre, ya fallecido, había trabajado muchos años en la fábrica junto a don Luis. Pidió a su madre que enviara aquellos pequeños tesoros para el rincón de Viejas Glorias.

El paquete desapareció en Correos. Nunca llegó.

Y en medio de la frustración solo quedó el viejo refranero español: “Una de cal y otra de arena”.

Lo que permanece

LUBE fue industria, fue competencia, fue rivalidad y orgullo. Fue ingenio vasco, fue ambición deportiva, fue esperanza en tiempos difíciles.

Pero para algunos es algo más: es una cuenta pendiente, una conversación que no pudo ser, un apretón de manos que quedó en el aire.

Las fábricas pueden cerrar.

Los paquetes pueden perderse.

Los hombres pueden irse.

Pero hay motos que siguen brillando como aquella en Stafford, recordándonos que hubo un tiempo en que alguien decidió firmar su sueño con cuatro letras: LUBE.

Y eso, sencillamente, ya es historia


No hay comentarios: