Manuel Esteban, Teofílo Cabrera, Mick Andrews, Pepe Moreno, Jose Angel Mendivil y Feli Sant
Luis Bejerano fundó una preciosa marca con sus propias iniciales: LUBE. Junto a Montesa, dio un impulso decisivo al despegue nacional de la fabricación motociclista en una España que necesitaba industria, ilusión y futuro. Eran años de convergencias, de esfuerzo compartido… y también de rivalidades encendidas.
En aquel ecosistema competitivo aparecían las maledicencias, casi como una tradición popular. Parecía que el lema era “¡sálvese quien pueda!”. A SEAT la llamaban “Siempre estarás apretando tornillos”; a los furgones ingleses BMC, “Bonita mierda compraste”. Y en el mundo de las motos la imaginación era todavía más afilada:
“Cómprate una Montesa y verás lo que pesa”,
“Cómprate una Bultaco y llenarás de pistones un saco” …
Y a nuestra querida LUBE, los enemigos la bautizaron como “La última birria española”.
Pero aquella sabiduría popular, tan directa y tan nuestra, tenía algo entrañable. Más que desprestigiar, humanizaba. Porque todas aquellas marcas eran, en el fondo, parte del mismo orgullo colectivo: demostrar que en España también sabíamos fabricar, competir y soñar sobre dos ruedas.
El hombre detrás del nombre
Luis Bejerano Murga nació en el País Vasco en 1900. Ingeniero y piloto, pasó casi treinta años trabajando en la fábrica Douglas de Bristol, en el Reino Unido. Allí aprendió disciplina industrial, precisión mecánica y una visión moderna de la motocicleta.
Cuando regresó, no volvió con nostalgia, sino con un proyecto. En 1947 fundó en Lutxana (Barakaldo) Lube-NSU. LUBE no era solo una marca: era LUis BEjerano. Era su firma, su compromiso personal.
En plena posguerra, levantar una fábrica de motocicletas era casi un acto de fe. Sus modelos —como la A-99 o la Renn 150— demostraron que aquí se podía fabricar con calidad, carácter y ambición deportiva. Porque Bejerano entendía que las motos no solo se diseñan en planos: se prueban en la carretera y se legitiman en los circuitos.
Por eso LUBE también apadrinó a pilotos. Entre ellos, una promesa que apuntaba a lo más alto: Santiago Herrero, que tenía madera de campeón del mundo. Bejerano supo ver en los jóvenes el futuro que él mismo había ayudado a construir.
Tras veinte años de producción, la fábrica cerró golpeada por las dificultades financieras y la fuerte competencia exterior. Pero hay algo que no cerró nunca: el respeto.
Una LUBE en Inglaterra
A comienzos del nuevo siglo, paseando por la feria Clasicc Bike de Stafford, vi una larga cola frente a un stand. Algo extraordinario debía haber allí. Cuando por fin conseguí acercarme, lo entendí todo: una LUBE Renn TR 150 Le Mans, plateada y negra, relucía como reina del salón. Tenía embobados a los ingleses.


