lunes, mayo 04, 2026

VESPASIÓN DE HIERRO

 


El lejano escenario de la última isla canaria nos llevó en vespas y volandas entre arenas volcánicas, pinares centenarios y una esencia dormida, casi en retirada. Allí, donde las nubes siguen abrazando la tierra, el viejo guardián del alisio —castillo encantado que se levanta sobre el azul intenso del Atlántico— eleva la vida y la empuja a una torre de vértigo.

Paz antigua. De la que no se nombra.

Un pueblo agradecido fue recibiendo, poco a poco, la visita anual del Vespasión. Dieciséis años después de su nacimiento, arribó a sus costas para cerrar el ciclo por las islas, cumpliendo aquello que un día fue solo intención. Vespasión Canarias se hizo grande, con todo lo suyo: aventura, amistad y ese hierro vivido que lo sostiene. Muchos de los asistentes aún no conocían esta perla del Atlántico, y la llamada corrió de boca en boca hasta agotar las plazas, dejando a más de uno fuera, con la magua contenida.

La Plaza de la Concepción, en Valverde, esta vez sin tambores ni bimbaches, se fue llenando de mezcla de dos tiempos, de memorias cruzadas, como un sahumerio antiguo que ni el párroco recuerda en las fiestas grandes del catolicismo isleño. Allí, vesperos de todas las islas regalaban sonrisas y abrazos. El ayuntamiento estuvo al quite, echando una mano en todo; y su alcalde, Carlos Brito, agradeció la visita con ese brillo de quien también vivió la vespa en su tiempo

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Pronto la nube de humo de dos tiempos perfumó el alisio, y el rosario de “pepitas de colores” rebosó las viejas calles con su sonido peculiar. Todos partieron con esa alegría sencilla, en desfile hacia el paisaje: terrazas verdes de verodes y picón, un océano azul intenso abajo y un pinar de nubes arriba. Casitas de piedra blanca, un silencio que se mueve. Y avanzó la tarde y las vespas; la emoción, los comentarios, los rezagados y los curiosos.

Guarazoca, Mocanal, el Mirador de la Peña, el Mirador de Jinama.
Y allí arriba, en ese paisaje alto, disperso de praderas, como si fuera de otro lugar, vacas, ovejas y burros —dueños sin papeles del cielo y la tierra— miraban el paso de la comitiva con la calma de siempre. San Andrés, el Mirador de Isora… donde el abismo no cae: se abre.

En el casino de Valverde hubo tiempo para el encuentro: clubes, amigos, historias que se reconocen sin ruido. Palabras de agradecimiento, sí, pero sobre todo cercanía. Y la cena, generosa, fue disolviendo la jornada en la noche herreña.

Amanece sobre el Valle del Golfo. Una luna que se resiste aún pasea por las cumbres, y el canto de las pardelas nos devuelve a miedos antiguos. En los acantilados, las cabras dibujan su vida imposible entre andenes, ajenas a todo. El sol despierta y alumbra sobre Tigaday, y en la calle comienza de nuevo el rosario de las vespas, reuniendo la compañía.

Desde Sabinosa hasta el Pozo de la Salud, las vespas trazan su camino entre roca y mar. Y el Faro de Orchilla, antiguo fin del mundo, levanta la moral de la tropa que alcanza esta esquina.

El remonte hacia la Dehesa conduce a la blanca y solitaria Ermita de la Virgen de los Reyes. Más allá, El Sabinar invita a mirar sus curvas: el viento dobló su forma, pero no su honor. Allí, el descanso. Recarga callada. Y regreso al pinar, a la caricia de las nubes.

El Vespasión avanza como rito, celebrando cada curva, cada paso, cada mirada. El Hierro atrapa al visitante y lo deja flotando entre nubes y claros, donde los troncos centenarios enhebran la luz hacia lo alto.

En la Hoya del Morcillo llega la tregua. Se detiene el pulso, se comparte la mesa. Una paella grande reúne el hambre y la risa, y en cada grano se queda algo de lo vivido.

Y sin hacer ruido, como vinieron, las vespas se van perdiendo entre el pinar. Desaparecen despacio, dejando atrás esa armonía sencilla del buen encuentro, de la amistad que no necesita explicarse.

Nos queda la sensación de cumbre. El Vespasión Canarias ha cerrado su ciclo por las islas… y ya está girando de nuevo.

Nos vemos en el Viejas Glorias Canarias, del 6 al 8 de noviembre, en la Playa de Mogán.


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