domingo, julio 26, 2026

LOS GENES DEL MOTOCICLISMO

 


El periodo comprendido entre los años cuarenta y sesenta produjo en la sociedad industrial un fenómeno decisivo: la movilidad sobre dos ruedas. La motocicleta era un elemento seductor, práctico, relativamente económico y muy eficaz. Permitía avanzar a otro ritmo y ofrecía a la sociedad una primera gran conquista: el ahorro de tiempo.

La moto, convertida en símbolo de aquella revolución, comenzó a ganar adeptos entre los trabajadores de las fábricas, en las ciudades administrativas y de servicios, y también en el paisaje rural, donde se utilizó como medio de transporte familiar. Se estaba produciendo el tránsito entre los últimos arrieros, dependientes todavía de la fuerza animal, y los primeros motoristas impulsados por la mecánica. Tal vez por ello, en muchas familias llegó antes la motocicleta que el automóvil.

Esta corriente modernizadora e industrial encajaba perfectamente con una sociedad en plena evolución. Las fábricas impusieron un creciente ritmo de producción de motocicletas de pequeña y mediana cilindrada, creadas por marcas que trabajaban de manera casi artesanal, pero con una ingeniería imaginativa y sorprendente.

En aquella España que comenzaba a despertar industrialmente, la necesidad urgente de disponer de medios de transporte favorecía los intercambios comerciales y contribuía a generar una nueva economía de mercado.

Nuestra infancia, vivida entre los años cincuenta y setenta, estuvo marcada por la curiosidad y la observación de cuanto ocurría a nuestro alrededor. También conocimos las tímidas escenografías de los primeros estudios fotográficos, con sus característicos pedestales que imitaban vehículos y motocicletas. En una de aquellas imágenes aparece nuestra amiga Pino Rosa, posando para la posteridad en el año 1951.

Para un niño ávido de experiencias modernas, subirse a las motocicletas de un tiovivo —Vespas o motos de policía— podía convertirse en una experiencia casi extrasensorial, digna de permanecer para siempre en la memoria.

Fueron aquellos años en los que soñábamos con ser gladiadores del asfalto. Con cañas, maderas y caballetes imitábamos la postura más pura del pilotaje. En una de las fotografías aparece nuestro amigo Marce, durante los años sesenta, montado en uno de aquellos tiovivos de la capital.

De aquellas experiencias infantiles surgieron grandes motoristas y excepcionales pilotos. Ninguno de ellos podía imaginar que sus genes motociclistas, o sus primeras nociones básicas sobre las dos ruedas, habían aparecido mucho antes de contemplar una carrera en televisión: quizá al cruzar la calle de la mano de sus padres o durante la feliz visita a una feria de pueblo, donde un sencillo tiovivo regalaba las primeras ilusiones.

La motocicleta, como elemento social, fortaleció las relaciones familiares y las amistades. Acercó a las personas y respondió a una necesidad vital de transporte. Fue una gran precursora de la libertad y un poderoso refuerzo de la autonomía personal.

Mi abuela Benita jamás habría pensado en subirse a la motocicleta familiar. Sin embargo, las trágicas circunstancias provocadas por la muerte prematura de mi padre la obligaron a realizar su primer viaje en moto por una necesidad imperiosa.

Le dijo a Miguel Ramírez, mi abuelo:

—Prepara la Francis-Barnett, «La Paquita», que vamos a atender a la familia.

Y así fue como se subió por primera vez a una motocicleta. Viajó sentada de lado, recorriendo kilómetros de pistas rurales de tierra antes de llegar a Telde.

Siempre pensé que aquel día mi abuelo vivió una profunda contradicción. A pesar de la tristeza, las circunstancias le habían concedido una pequeña e inesperada alegría: la única oportunidad de pasear a la abuela en su motocicleta.

Quizá por ello, y sin que apenas fuéramos conscientes, las motos reinaron en nuestra infancia como verdaderos miembros de la familia. Eran máquinas que contagiaban su magia en silencio y cuyo poder de conexión fue abriendo el camino de las ilusiones para las juventudes de distintas épocas.

Llegaron por necesidad, por trabajo, para aliviar las cargas familiares y, más adelante, por el simple placer de conducirlas. Aunque ese disfrute pleno tardaría todavía algunos años en consolidarse, hasta alcanzar el umbral del cambio de siglo.


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