miércoles, junio 17, 2026

LA PRIMERA GRÚA MOTORIZADA


Tomás, el barbero de las Cuatro Esquinas de Telde, lleva en aquel rincón de León y Castillo desde el año 1976, cuando decidió montar su peluquería, actualizada y moderna para la época. Recuerda, con esa sabiduría tranquila de tertuliano, la vida de medio Telde y de sus aledaños. Es hermano de Colacho, de Marzagán, y tiene sus nacientes allá, en aquellos pagos de parrales y arenilla del volcán.

Yo lo conocía y lo visitaba desde entonces, por esas lealtades que uno les toma a las personas. A finales de los ochenta, con el cambio laboral, dejé de visitarlo, y recuperé esta sintonía en la actualidad, treinta años después. Y como la vida sigue igual, solo que ahora uno conlleva —o arrastra— la filosofía de su propia experiencia, reconozco que quedan pocos lugares de tertulia sosegada y agradable, donde la gente respeta los turnos de palabra y todos escuchan y participan.

Pepe Monzón Jr., que trabajaba cerca, me dijo un día que Tomás había corrido en las últimas subidas en cuesta de Tafira con una Garelli, y que había contactado con él para documentar el libro de la historia del motociclismo en Canarias. Pero no conservaba ninguna foto ni documentos acreditativos; todo aquello le había desaparecido con el paso de la vida. Me quedé con la magua de saber más, y por ello decidí volver al pasado y reconectar con el amigo Tomás, para que me hablara de aquella época. Créanme: estas charlas de barbero y cliente tienen un valor exquisito de transmisión y reconocimiento.

Son tantas las cosas de las que hablamos en la barbería que solo puedo aplicar mi tertulia motera cuando pillo el sillón del barbero. Y si la mañana arrejunde y la charla acompaña, resucitamos perlas del pasado que merecen ser traídas al rincón de Viejas Glorias.

Ya me había puesto al día sobre su participación en las últimas subidas de Tafira. Tenía una Garelli que andaba lo que no estaba escrito y, con ella y con la osadía propia de la juventud, probó las carreras. También se dejó aconsejar por la suerte de la salvación tras las galletas de rigor.

Me habló de un tal Pedro “el Loco”, que tenía una Rovena y era el terror de la zona, de la periferia y de las salidas en grupo.

—Creo que ese muchacho murió hace muchos años —decía Tomás—. Pero se le escuchaba de lejos. Hasta los perros armaban un jaleo de ladridos cuando pasaba por los andurriales de Los Hoyos.

En otra ocasión organizaron una excursión al Parador de Tejeda, a finales de los años sesenta. Era una moda subir a San Mateo y a la cumbre. Las carreteras se llenaban de pandillas motoristas que disfrutaban del día libre y de aquellas excursiones en moto, cuando la isla todavía se recorría con más ilusión que prisa.

A un tal Antonio “el Rasquilla” se le gripó la moto Ducson pasando la Casa de la Cal, arriba, cerca de Las Rosas, en Las Lagunetas. Allí paró el grupo para intentar solucionar el problema. El percance, después de un rato de indagaciones, venía a ser un trancón de motor por falta de engrase en la mezcla. Había repostado en San Mateo y se olvidó de meterle aceite al tanque. La calentura acabó con un gripaje de campeonato.

Ya sabemos que en aquellos años no había grúas ni furgones de alquiler. Así que, ni corto ni perezoso, con la Vespa del primo Ustaquio, improvisaron.

Colocaron la moto atrás, en el portaequipajes, como una maleta grande horizontal. La amarraron con un cabestro y, para rematar el soporte, se subió el Rasquilla al revés, abrazado a la moto, y le dijo:

—Tira despacio, que esta llega a Telde, si Dios quiere.

Y haciendo paradas de recuperación por el camino bajo de la cumbre, aquella expedición regresó en la primera Vespa-grúa de la historia conocida.

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