Sonaba “Sol caliente”, de Collage, en La radio al sol, programa estrella de Radio ECCA. También “Échame a mí la culpa”, de Albert Hammond, o el ya trillado “Para que no me olvides”, de Lorenzo Santamaría. Aquel pop romántico de los setenta que casó a buena parte de la España obrera del despertar, en los últimos suspiros del régimen y mucho antes de que los divorcios entraran a formar parte de nuestra normalidad.
Aquella
revolución musical puso también de moda Las noches de Ronda, con sus canciones
dedicadas, y nos mantenía anclados a la radio, aquel aparato que entonces era
ventana abierta al mundo, compañía de las casas y mensajero de todo lo que
ocurría más allá de nuestras pequeñas fronteras.
Recuerdo
descubrir la música pop extranjera, The Beatles, Creedence Clearwater Revival o
Supertramp, allá por los primeros años setenta, mientras le lavaba el coche a
mi tío a cambio de unos duros. Era un Volkswagen Escarabajo 1300, verde
intenso, con unas franjas blancas laterales que le daban un aire moderno, pop y
casi discotequero.
Dentro llevaba aquellas extravagancias que nos parecían venidas directamente del futuro: relojes japoneses, adornos curiosos y cintas de cartucho con los últimos gritos musicales que llegaban de Europa. Ellos habían descubierto aquel pequeño Dorado canario que comenzaba a crecer alrededor de la construcción y del nuevo Sur turístico, donde parecía posible ganar dinero y escapar de una vida que hasta entonces venía marcada por el campo, el esfuerzo y unas posibilidades bastante estrechas.
Para
nosotros todo aquello era una provocación maravillosa.
Nos
tentaba aquella nueva sintonía juvenil como un bálsamo cargado de energía,
haciéndonos comprender que había mundo más allá del majadal.
Pronto
descubrimos también otra dimensión de la libertad: las motos.
En
plena ebullición de una adolescencia fulgurante ansiábamos los paseos por la
playa, conocer chicas y entregarnos a aquellos primeros flirteos de primavera
que alimentaban el romanticismo de nuestros sueños juveniles. Las verbenas de
verano despertaban todos esos anhelos de intercambio, aventura y
descubrimiento.
Las
largas jornadas de tedio entre la escuela y las responsabilidades de casa se
aletargaban durante el verano como los lagartos sobre las paredes de los
bocados, aquellos mismos que años atrás perseguíamos a pedradas con las
maldades propias de la infancia.
El
estío tenía una carga luminosa diferente. Nos empujaba hacia las sombras, hacia
el ocio y, sobre todo, hacia la calle.
Escapar
el fin de semana con los amigos hasta la playa de Melenara era ya una aventura.
Escuchábamos atentamente en la radio la programación de las verbenas y fiestas
de los pueblos. Llegamos a conocer casi de memoria el calendario del santoral y
pronto sabíamos qué localidad celebraba sus fiestas, en qué mes y dónde podía
haber música, baile o cualquier oportunidad para salir de la monotonía.
Aprendimos
rápido a organizarnos, a buscarnos la vida y, sobre todo, a inventar las
excusas necesarias para no perdernos ninguna movida musical o juvenil.
Sin
embargo, aquel mundo empezó realmente a cambiar primero con la radio y después
con las motos.
Una
nos hacía soñar; la otra nos permitía alcanzar los sueños.
Con
ellas atravesábamos el tiempo y las distancias. Llegábamos allí donde nuestros
deseos comenzaban a convertirse en pequeñas aventuras y descubríamos antes el
mundo que nos rodeaba. Las dimensiones de nuestra cabeza comenzaron también a
ensancharse. Comprendíamos que existían otras maneras de vivir, otras músicas,
otras personas y otros lugares.
Todo
pasaba ante nosotros como una película en movimiento, solo que ahora podíamos
detenernos allí donde queríamos aprender, conocer o compartir nuevas
experiencias.
Nuestra
peña de motoristas del barrio de La Gavia se hizo potente durante aquellos
años. La fiebre se contagió como combustible inflamable. Muchos dejaron pronto
la escuela para ponerse a trabajar y conseguir el dinero necesario para comprar
una moto.
Ese
era el gran sueño juvenil: Gilera, Puch, Derbi, Montesa, Ducati, Bultaco,
Mondial, DKW, Lambretta, Vespa, Ginson, Sparta. etc.
La
moto era el elemento de libertad que nos arrancaba del tedio cotidiano y nos
invitaba a ir más allá de nuestras estrechas fronteras sociales.
Éramos
pequeños bárbaros armados artesanalmente con balas de asfalto. Tocábamos
motores, cambiábamos escapes, inventábamos soluciones imposibles y metíamos más
metralla a aquellas máquinas buscando siempre unos kilómetros por hora de más y
que nadie nos tocara las orejas. Angel Nieto hizo mucho furor de campeón
En
nuestras gamberradas juveniles llegamos incluso a hacer correr detrás de
nosotros a los guardias de Valsequillo y Telde, perseguidos por el estruendo de
nuestros tubarros y por aquella anarquía extravagante que solo puede explicarse
desde la ignorancia, la edad y la sensación de que nada verdaderamente malo
podía ocurrirnos.
Nos
sentíamos invencibles. Y probablemente ahí comenzaba el verdadero sueño.
A
finales de los setenta descubrimos también una nueva movida en Telde: los pubs.
Recuerdo
especialmente el LIMBO.
Delante
de su puerta aparcaba por las noches un grupo diverso de motoristas del barrio.
Entrábamos a jugar a los dardos, a escuchar música y, sobre todo, a ampliar
aquellas primeras relaciones sociales que empezaban a sacarnos definitivamente
del pequeño mundo de nuestra infancia.
La
música seguía acompañándonos.
Habían
cambiado algunas canciones, habían cambiado los lugares y también nosotros
comenzábamos lentamente a cambiar. Pero seguía existiendo aquella sensación
extraordinaria de tener una moto esperando fuera, los amigos alrededor y toda
la noche por delante.
Todavía
no sabíamos que aquello se llamaba juventud, para nosotros era simplemente la
vida.


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