sábado, septiembre 12, 2026

Museo del automovil de Las Palmas


 

LAS HISTORIAS DUERMEN PLÁCIDAMENTE PARA QUE LAS DESCUBRAS

Tras la presentación editorial de Historias de Viejas Glorias, en el Museo del Automóvil de Gran Canaria, me quedé pensando en esta suerte maravillosa de poder descubrir el pasado.

Aquí, en medio de la ciudad, pasa casi inadvertido, pero en su corazón late el milagro de una resurrección permanente. Devolver la vida, restaurar el latido del tiempo, traer de vuelta a casa la memoria física de lo vivido. Entrar allí es viajar en el tiempo de verdad, sin realidad virtual, sin inteligencia tecnológica ni filtros de imaginación. Basta caminar por aquellos pasillos alineados de honor, trasiego, andanzas e historias que parecen hablar solas con el testimonio de sus miradas: hileras de coches antiguos y clásicos, motocicletas y objetos de un pasado reciente y lejano.

Entrar en el Museo del Automóvil es sentir que la historia quiere manifestarse a lo grande, pero también en los detalles, con esa excelencia del trabajo bien hecho y pensado para que el futuro sepa de dónde venimos.

Por eso fue un honor inconmensurable abrir allí las páginas de Historias de Viejas Glorias en su estreno literario. Un aforo que superó nuestras expectativas y un sentimiento de cercanía que nos congratuló a todos los colectivos que se acercaron a compartir esta experiencia de literatura, patrimonio y memoria.

Los verdaderos actores del libro estaban allí sentados.

Algunos escuchaban perplejos, otros sonreían, otros parecían tener ganas de levantar la mano y contar inmediatamente su propia versión. Y casi sin darse cuenta, muchos formaban parte importante de aquellas mismas historias que estábamos presentando.

El escenario lo puso todo.

Caluroso, sí.

Pero entrañable también.

Y entre tantas historias apareció Manolito, el Latonero de Arucas, con aquella maravillosa fotografía familiar junto a su Triumph 350. Un personaje de esos que no necesitan adornos porque la propia vida ya se encargó de escribirles el guion.

Manolito, ingenioso como pocos, le había colocado al escape de la moto una palometa para modificar el sonido y, cuando entraba por Bañaderos, tiraba de una palanquita desde el manillar y aquella Triumph comenzaba a lanzar silbidos ahumados que ponían en revolución a toda la chiquillería.

Y en su taller tenía tres amigos inseparables.

La perra Tinka, que incluso subía con él en la motocicleta; la cacatúa Katana, que no paraba de hablar mientras trabajaba; y un ratón blanco que acudía a su silbido y permanecía cerca durante aquellas soldaduras de latón, entre el soplete, el hierro y el yunque.

¿quién inventa algo así?

La vida.

Siempre la vida termina teniendo mejores ocurrencias que nosotros.

Y luego aparece Heriberto Valerón.

De niño acompañó a su padre al Garaje Kune para buscar un automóvil de ocasión y allí descubrió, casi sin saberlo, el amor mecánico de su vida.

Dentro de una gran caja de madera, manufacturada en Inglaterra y todavía embalada, apareció una imponente Ariel Square Four de 1.000 cc.

Aquello, en los años cincuenta, debía ser una barbaridad.

domingo, septiembre 06, 2026

AQUELLAS ESCAPADAS DE LOS AÑOS SESENTA EN MOTO

Cada vez estoy más convencido de que alimentar esta pasión por las motos es también una manera de ir enhebrando pequeños acertijos de nuestra propia historia. Una máquina lleva a una carretera, la carretera a un pueblo y el pueblo termina llevándonos hasta alguna persona que estuvo allí cuando todo aquello comenzaba.

Y casi siempre acabamos junto a nuestros mayores.

A esas Viejas Glorias auténticas que recorrieron los caminos cuando viajar era todavía una aventura, conocieron las primeras carreteras, desmontaron motores con herramientas elementales y descubrieron la isla cuando buena parte de ella parecía encontrarse mucho más lejos de lo que hoy indican los kilómetros.

Otro domingo más me siento a charlar con mi tío Domingo Fleitas.

Y vuelvo a pensar cuánto nos empeñamos ahora en buscar respuestas en libros, teléfonos o vídeos de TikTok para terminar empachados de imágenes que muchas veces van directamente a la papelera cerebral. En cambio, cuatro conversaciones con una persona que ha vivido casi noventa años pueden enseñarnos más sobre la movilidad, las costumbres y la sociedad canaria que muchas horas de consultas apresuradas.

Será porque sus historias han pasado ya por tres buenos filtros: la existencia, la experiencia y la madurez.

Y eso, como ocurre con el buen vino, termina dejando una pátina imposible de fabricar.

Domingo conserva una memoria excelente y una curiosidad que no ha perdido con los años. Le interesa la historia y disfruta contándola, especialmente cuando descubre que uno también tiene ganas de escuchar.

Fue mecánico de los de antes. De algodón, grasa y mono azul.

LAS CLASICAS ENAMORAN EN BARLOVENTO

 

Cada año resulta más fácil entender por qué Barlovento se está ganando un lugar propio dentro de las subidas en cuesta del motociclismo canario. Su rampa parece diseñada para las motos: montaña, buen asfalto, amplitud, dos y tres carriles bien definidos y un trazado rápido y atractivo que permite a pilotos y máquinas disfrutar de unas sensaciones especiales en este final del verano.

La carretera se convierte durante unas horas en un auténtico circuito abierto en la montaña, con curvas, desniveles y zonas rápidas que reúnen buena parte de los ingredientes necesarios para una gran prueba. Y cuando el escenario acompaña, también crece el espectáculo.

Ya son tres años consecutivos en los que el equipo de Rayco y RR Eventos viene cuidando esta cita con la intención de elevarla hasta convertirse en una referencia dentro de Canarias. A la competición se han ido sumando nuevos alicientes, como la presencia de pilotos foráneos y nombres vinculados al Road Racing, además de unas parrillas que poco a poco van enriqueciendo la jornada.

El paddock instalado en el pueblo completa esa atmósfera especial. Allí las motos, los equipos y los aficionados comparten espacio y convierten la carrera en algo más cercano, permitiendo que Barlovento no sea solamente el lugar por donde pasa la competición, sino parte activa de la fiesta.

Y en ese ambiente volvieron a tener protagonismo las motos clásicas.

El equipo de Viejas Glorias, con Coke Gómez y Germán González, y Luis Naranjo como jefe de equipo, volvió a vestir el box con esa estampa romántica que solamente las motos de época saben ofrecer. Sus motores, su sonido y la personalidad de aquellas máquinas europeas aportaron un sabor distinto a la jornada.

Sería magnífico que en próximas ediciones fueran sumándose más amigos de las clásicas hasta conseguir una manga cada vez más numerosa. Barlovento tiene escenario, ambiente y público para ello. Todo se andará.

Mientras tanto, el paisaje hacía también su carrera particular.

La amplia vega de plataneras, escalonada entre terrazas y bancales, las pequeñas casas blancas repartidas por las laderas y el verde intenso de esta parte de La Palma envolvían una jornada diferente. Sobre ese paisaje sonaba durante todo el sábado la melodía de los motores, con participación llegada desde distintas islas y un pueblo que poco a poco va acostumbrándose al particular lenguaje de las subidas en cuesta.

Barlovento empieza a tener sabor a carreras de motos.

Y esa identidad merece seguir creciendo.

Quizá el siguiente paso sea complementar la competición con una pequeña feria de motos clásicas, exposiciones y otros contenidos culturales relacionados con la historia del motociclismo. Una fiesta que permita al público permanecer más tiempo en el municipio y que convierta el fin de semana en un verdadero encuentro del motor.

Desde Viejas Glorias ya se tira del carro en esa dirección, ofreciendo las motos clásicas como escaparate de una historia que merece seguir acompañando a la competición moderna.

Porque Barlovento tiene algo difícil de fabricar: un escenario que funciona, una carretera que enamora a los pilotos y un paisaje que convierte la carrera en espectáculo.

Ahora solamente queda seguir cuidándolo.

Y dejar que, año tras año, el ronquido de las motos continúe subiendo montaña arriba.